Cuaderno de campo
Cómo leer un mapa de microbioma por parcelas
Interpretación práctica de índices bacterianos y fúngicos
Publicado el 14 de marzo · Lectura de 8 minutos · SueloMétrica Biotech
Cuando llega el informe con el mapa de microbioma, lo primero que suele mirar el técnico es el color de cada rodal. Sin embargo, ese color es solo un resumen: detrás hay proporciones de grupos bacterianos y fúngicos que se mueven con el cultivo, la humedad del año y el tipo de laboreo. Dos parcelas separadas por un camino pueden dar lecturas distintas sin que nadie haya hecho nada mal.
Qué mide realmente el índice de Shannon
El índice de Shannon combina riqueza y uniformidad. Un valor alto indica que hay muchos grupos distintos y que ninguno domina en exceso. Un valor bajo puede significar dos cosas muy diferentes: que el suelo es pobre en diversidad o que una población concreta se ha impuesto sobre el resto. Distinguir ambos casos es la primera decisión al abrir el informe.
Por eso conviene leerlo junto al índice de dominancia. Si Shannon baja y la dominancia sube, probablemente hay un grupo aprovechando una condición favorable: restos de un herbicida, un aporte reciente de nitrógeno o una compactación que ha cambiado la aireación. Si ambos bajan, el problema es de base.
Por qué dos fincas vecinas no se parecen
La textura, el pH y la materia orgánica condicionan qué microorganismos pueden prosperar. Un suelo franco-arenoso con historial de laboreo intenso retiene menos agua y menos agregados estables, y eso se refleja en la proporción entre bacterias y hongos. En la parcela de al lado, con cubierta vegetal y mínimo laboreo, la relación se invierte.
- Rotaciones cortas con el mismo cultivo tienden a empobrecer la diversidad fúngica.
- Los aportes de estiércol fresco elevan la actividad bacteriana de forma puntual, no permanente.
- Una labor profunda en otoño puede borrar la señal de estratificación que se veía en primavera.
- Los suelos con pH por encima de 8 suelen mostrar menor presencia de hongos micorrícicos.
Los límites del método
Una muestra por hectárea no captura la variabilidad interna de un rodal. En parcelas grandes con zonas de acumulación de agua o cambios de textura, ese promedio esconde diferencias que luego aparecen al aplicar cualquier insumo. La recomendación es subdividir en unidades de gestión antes de muestrear, no después de ver el mapa.
La estacionalidad también pesa. Comparar una toma de febrero con otra de junio no tiene sentido: la comunidad microbiana responde a la fase fenológica del cultivo y a la temperatura del suelo. Si se quiere seguir la evolución, hay que repetir el muestreo en la misma fase del año anterior.
Cuándo pedir una segunda toma
Un valor bajo aislado no justifica cambiar el plan de fertilización. Antes de mover nada, conviene comprobar tres cosas: que la muestra se tomó con la profundidad correcta, que no había abono reciente en la zona y que la cadena de frío hasta el laboratorio se respetó. Si esos tres puntos están cubiertos y el índice sigue bajo, entonces sí tiene sentido repetir el muestreo en la misma unidad de gestión.
En muchos casos basta con ajustar la fertilización orgánica y volver a medir al año siguiente. El mapa no es un diagnóstico cerrado, es una herramienta para decidir dónde mirar con más atención.
Un mapa de microbioma orienta la decisión, no la sustituye. Antes de aplicar un bioinsumo conviene contrastar el índice con la historia de la parcela: qué se sembró, qué se laboreó y qué se aportó en los últimos dos ciclos.